miércoles, 21 de diciembre de 2016

Asesinato (16) El asesinato del embajador


Podría haber sido un día cualquiera. Un simple lunes 19 de diciembre en la ciudad de Ankara, Turquía. Incluso podría haber sido una de las tantas exposiciones fotográficas en un céntrico barrio de la capital turca. En escena dos hombres. Uno de ellos pronuncia un discurso. Detrás un segundo personaje. Otro hombre enfundado en traje y corbata. En cuestión de segundos este segundo cobra un mayor protagonismo, saca un arma y efectúa al menos 8 disparos que impactan en el orador. Éste queda tendido en el suelo. Momentos después el asesino es abatido por las fuerzas de seguridad. Podría ser una actuación teatral, pero no lo es. De esta impactante forma el lunes 19 de diciembre Mevlüt Mert Altintas asesinaba a Andrei Karlov, embajador ruso en Turquía, durante la inauguración de una exposición en una conocida galería del barrio de Cankaya, donde se concentran la mayor parte de las embajadas extranjeras.

Nada hizo suponer lo que iba a ocurrir. Allí estaba el agresor, camuflado como un escolta más, solo, oyendo el discurso del embajador ruso. Disparó y como señal inequívoca, alzó el índice de su mano izquierda, mientras aún sostenía la pistola con la derecha, subrayando su profesión de fe islámica.

“¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! ¡Nosotros morimos en Aleppo, vosotros morís aquí! ¡Matáis a gente inocente en Aleppo y en Siria!”, gritó el agresor, de 22 años, procedente de Aydin (noroeste de Turquía), que servía desde 2014 en la Policía de Ankara y en la actualidad se hallaba fuera de servicio de la unidad antidisturbios. Un joven que estudió en la escuela superior Anatolia, una de las mejores del país, y posteriormente en la Universidad de Izmir y que ante la sorpresa de los presentes se convertía en el protagonista de otro capítulo negro en la historia del terrorismo, recordando poderosamente al histórico asesinato de Franz Ferdinand por parte de Gavrilo Princip que desencadenaría la I Guerra Mundial.

La impactante escena quedó filmada por una cámara que estaba grabando el discurso en la exposición, pero al oír los disparos el operador solo aumentó el plano antes de abandonar la videocámara. Aunque hubo un fotógrafo presente que no abandonó su puesto de trabajo a pesar de la peligrosidad. Se trata de Burhan Ozbilici, reportero gráfico de la agencia Associated Press (AP) que registró, con enorme sangre fría, cómo sucedió todo. De él son las imágenes que acompañan este artículo.

Pero aquella tarde en el centro de Ankara ocurrió mucho más que un acto terrorista, aquella tarde la reciente recomposición de relaciones entre Rusia y Turquía fueron puestas a prueba.




Siria de trasfondo

Las relaciones de ambos países han pasado por serios baches en los últimos años, sobre todo tras el derribo de un bombardero ruso Su-24 por parte de Turquía en noviembre del año pasado. El presidente Putin cargó contra Turquía, un miembro de la OTAN, calificando lo ocurrido de 'puñalada por la espalda' y castigando a la economía turca restringiendo el turismo y el comercio. Pero tras las disculpas públicas de Erdogan estas relaciones comenzaron a normalizarse. 

Ankara y Moscú han jugado papeles opuestos durante el conflicto sirio. El Kremlin lanzó en septiembre del año pasado una campaña aérea en Siria para "luchar contra el terrorismo" y evitar la caída de su aliado en la zona, el presidente sirio, Bashar al-Assad, mientras que Turquía ha apoyado desde el principio de la guerra a distintas facciones de las milicias anti-gubernamentales y ha servido de paso franco y retaguardia para aprovisionar a estos grupos insurgentes. 
Karlov, de 62 años, ejercía el cargo de embajador ruso desde julio de 2013 y antes había encabezado la delegación en Corea del Norte (2001-2006). Según algunos medios rusos, había jugado un papel importante a la hora de recomponer puentes entre Moscú y Ankara. Turcos y rusos habían vuelto a colaborar en la evacuación de Aleppo, una campaña muy criticada a nivel internacional y según distintas declaraciones no parece que las relaciones bilaterales entre ambos países vayan a verse afectadas por este crimen, con lo que este acto cruel y efectista no parece que vaya a entrar en los libros de Historia como aquel mítico asesinato de Sarajevo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Mujeres (18) Huelga de camiseras 1909: mujeres en lucha por sus derechos

Huelga camiseras 1909

Blog de Boca D'Or

El 23 de noviembre de 1909 las trabajadoras del textil de la ciudad de New York dicen basta. Hasta los ovarios están ya de la patronal y de sus supuestos compañeros de lucha, los machotes del sindicato. El día antes, en un mitin en el Cooper Union, harta de palabrería y generalidades sobre el sexo de los ángeles, una joven de 23 años, Clara Lemlich, judía ucraniana que llegó a la tierra prometida en 1903, pide la palabra, se sube al estrado y no se anda por las ramas, hay que ir a la huelga general y huelga todo comentario.

El 23 de noviembre de 1909 se produce el Levantamiento de las 20.000, la mayor huelga promovida por mujeres en Estados Unidos hasta ese día. La huelga durará 11 semanas y movilizará a unas 40.000 personas, el 70% mujeres, la gran mayoría jóvenes de origen judío emigradas de Europa oriental.

Las mujeres del textil trabajan en fábricas, talleres y en sus hogares del Lower East Side. Las condiciones son terribles. Sueldos de miseria, jornadas interminables de hasta 75 horas semanales, condiciones de seguridad y salubridad nulas, agravado en el caso de las mujeres por la discriminación salarial (los hombres cobran el doble) y acosos y humillaciones de todo tipo.

La presión sobre las huelguistas fue brutal, con una dura represión policial, persecución en los tribunales, listas negras vetando su contratación, y el ceño fruncido de los veteranos líderes sindicales que preferirían a las mujeres en casa preparando la cena. Eso en el caso de que hubiera comida para preparar la cena. A Clara Lemlich, un grupo de matones a sueldo de la empresa le rompen seis costillas de una paliza.

A pesar de todo, el apoyo de la Unión Internacional de Trabajadores de la Confección, con todas sus reticencias de género; la Liga de Sindicatos de Mujeres, sufragistas de clase alta; y el Partido Socialista, dio impulso a las reivindicaciones y despertó las simpatías de la opinión pública. Entre detenciones, sanciones económicas y agresiones, la huelga llegó hasta el 15 de febrero de 1910, con el 80% de empresas aceptando algunas demandas.

Así, gracias a la obstinación y decisión de aquellos miles de mujeres con una media de edad de 25 años, sus compañeros varones también pudieron beneficiarse de mejoras salariales, semanas laborales de 52 horas, limitación de horas extra a menos de dos horas y no más de tres días a la semana, vacaciones pagadas, negociación de salarios y obligación de la empresa a suministrar los materiales de trabajo, ya que las trabajadoras acudían al tajo con sus propias agujas, hilo y máquinas de coser. Y los más veteranos del sindicato tuvieron que admitir que el movimiento obrero tenía también voz de mujer.

Clara Lemlich, con su veintena de detenciones a cuestas, se afilió al Partido Comunista y continuó su activismo en diferentes frentes: sindical, por el voto femenino, por los derechos civiles, contra la guerra de Vietnam y las armas nucleares y en apoyo a los parados y contra los desahucios. Murió a los 96 años de edad en una residencia de ancianos en Los Ángeles, en la que aún le dio tiempo de organizar al personal en un sindicato y unirse a un boicot a favor de la United Farm Workers.

Una de las empresas que no firmaron el pacto fue la Triangle Shirtwaist Company, situada en los tres pisos superiores del Asch Building, entre Green Street y Washington Place. Allí murieron 123 mujeres en el incendio del 25 de marzo de 1911.

Y no sé yo si progresamos adecuadamente, que en 2012 morían 117 personas en la fábrica de moda Tazreen, en Dacca, Bangladesh, y en 2013, también en Bangladesh, el edificio Rana Plaza, que albergaba cuatro fábricas de ropa, se derrumbaba enterrando 1.127 vidas. Igual Bangladesh les parece una cosa lejana. No se engañen, probablemente es la tela que toca su piel.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Animales (54) La iguana y las serpientes 2 La venganza

Hace unos días se propagaba por la redes sociales una espectacular persecución captada por las cámaras de la BBC (narrada por nuestro querido David Attenborough) de una joven iguana perseguida por decenas de serpientes en la isla Fernandina, parte del archipiélago de las Galápagos. Ahora, un nuevo video muestra lo que podría ser otro de los posibles finales en este tipo de encuentros en la Naturaleza, vuelve a ser el escenario de una infartante persecución de unas serpientes a una iguana. Aquí les mostramos ambas y otro video de cómo el equipo de la BBC pudo grabar estas infartantes escenas. Momentazo reptil, pura vida.

Behind the scenes 360º

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cambio Climático (7) 'Before the flood', la mirada de Leo DiCaprio al cambio climático



“Cuanto más me informo sobre el cambio climático, más consciente soy de lo poco que sé. Quiero averiguar hasta dónde hemos llegado, cuánto daño hemos hecho y si podemos hacer algo para detenerlo" 


Ya habíamos hablado antes del enorme compromiso medioambiental de Leonardo DiCaprio, esta vez recogemos el documental 'Before the flood' (Antes de la inundación, aquí titulado 'Antes que sea tarde') del que DiCaprio es conductor y productor junto a Martin Scorsese. Mientras viaja por todo el planeta como Mensajero de la paz de la ONU DiCaprio va entrevistándose con celebridades, activistas y científicos y visitando los distintos epicentros del calentamiento global. 

Este film, dirigido en 2016 por el norteamericano Fisher Stevens y narrado por el propio DiCaprio (doblado en la versión en castellano), recorre lugares como China, Groenlandia, la menguante jungla de Sumatra o las arenas de alquitrán (tar sands) de la Alberta canadiense mientras va certificando la implacable y aterradora realidad del cambio climático que ya nos aflige y más nos afligirá. También nos habla de los esfuerzos por intentar cambiar las cosas, influir en los gobiernos para prevenir sus catastróficos efectos y evitar la extinción de numerosas especies en peligro, ayudando a prevenir la destrucción de ecosistemas enteros y de numerosas comunidades indígenas. Un documental al que sólo se le puede poner la pega de no tener más duración para haber entrado con más detalle en ciertos temas o entrevistas. Imprescindible Leo DiCaprio, imprescindible Before the flood.

Revolución (1) Cambiarlo todo, ¿para no cambiar nada? / ¿Cómo empezar una revolución?

 
“Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir.” Oscar Niemeyer

“Todas las revoluciones sociales han sido provocadas por la pasión de los individuos. No fue gracias a los gobiernos que la esclavitud fue abolida. Fue gracias a la gente que salió a las calles." Capitán Paul Watson (Sea Shepherd)

"No existe una diferencia entre revolución y reforma, sino, de un lado, entre el tipo de revolución que instala a un nuevo grupo de opresores o el tipo de reforma que hace la opresión más digerible o más eficiente; y, del otro lado, aquellos cambios sociales, ya sean revolucionarios o reformistas, a través de los cuales las personas amplían su autonomía y reducen su sometimiento a la autoridad externa." C. Ward

“Hay que distinguir la revolución de la revuelta,  del golpe de Estado o de palacio. Un atentado o una sublevación militar se puede planificar; una revolución, jamás. Su estallido, el momento en que se produce, sorprende a todos, incluso a aquellos que la han hecho posible. Se quedan atónitos ante el cataclismo que surge de repente y arrasa todo lo que encuentra en su camino. Y lo arrasa tan irremisiblemente que al final puede destruir hasta los lemas que lo desencadenaron”. R. Kapuscinski

1. Cambiarlo todo, ¿para no cambiar nada?


“Hicimos la revolución porque queríamos un país moderno. Pero los que hay ahora hacen lo mismo que Gadafi. Son unos ladrones” Ciudadano libio

Llega un momento en la evolución natural de las sociedades humanas en el que las viejas estructuras de poder se embeben de soberbia, corrupción, abusos y otras podredumbres morales mientras las que las personas que las componen ven acumularse su frustración e indignación. Las sociedades resisten las arbitrariedades e ineficiencias del poder establecido hasta que un suceso, muchas veces inopinado o aislado (como la muerte del tunecino Mohamed Bouazizi que desató todo) provoca un estallido de rabia popular que responda a la represión, combata y acabe removiendo del poder a las fuerzas reaccionarias. Lo malo es que demasiadas veces las revoluciones acaban colocando otros tiranos en el lugar de los antiguos, como bien saben, por ejemplo, en Egipto.


2. Egipto, paradigma de la revolución lampedusiana

"Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie" (...) "¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Negociaciones pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado". El Gatopardo (Giuseppe Tomasi di Lampedusa)

Esta célebre frase de El Gatopardo (un libro maravilloso que va mucho más allá del alcance de estas frases) simbolizaba la capacidad de los sicilianos para adaptarse a lo largo de la historia a los distintos gobernantes de la isla, pero también la intención de su aristocracia de aceptar una revolución influyéndola tras las primeros compases de desfogamiento popular, instrumentalizándola para poder conservar su influencia y poder. El 'gatopardismo" o lo 'lampedusiano' es desde entonces en ciencias políticas el 'cambiar todo para que nada cambie', expresando la dimensión autoconclusiva de un acontecimiento de extrema gravedad que es asimilado por el status quo sin apenas consecuencias, exponiendo la capacidad del sistema de regenerarse a sí mismo asumiendo sus propias contradicciones.

Centrándonos en Egipto, la revolución que terminó expulsando del poder a Hosni Mubarak el 11 de febrero de 2011 llegó al país bajo la consigna de "pan, libertad y justicia social", pero después de casi seis años está lejos de haberse convertido en lo que soñaban los manifestantes de la plaza Tahrir de El Cairo. Con una política sin rastros de aquella promesa de transformación democrática podemos definir la sublevación popular en Egipto como el paradigma de la revolución lampedusiana.

Las primeras elecciones libres a mediados de 2012 se tradujeron en la victoria de los Hermanos Musulmanes, pero su candidato, Mohamed Morsi, quiso acaparar demasiados resortes de poder y tras un año de gobierno fue derrocado por un golpe militar en julio de 2013. La posterior elección del entonces comandante del ejército, Abdelfatah al-Sisi, simplemente marcó el regreso de un modelo político autoritario que algunos consideran más autocrático incluso que el de Mubarak. Además, luego de tres años sin parlamento un nuevo cuerpo legislativo asumió funciones en enero de 2015, claramente controlado por elementos leales a Al-Sisi.

Por otra parte, Egipto sufre una 'grave crisis de derechos humanos' según Amnistía Internacional pues 'está volviendo a funcionar como un estado policial'. Se calcula que desde el derrocamiento de Morsi, más de 1.000 personas han muerto como producto de la represión, mientras que el número de prisioneros políticos supera ya los 40.000. El crecimiento de la economía del país es anémico, la deuda se expande a un ritmo galopante y los consumidores padecen escasez de algunos productos básicos. ¿El mayor problema? Ningún gobierno en Egipto se ha preocupado por invertir en desarrollo humano, en temas como educación o salud pública o en la diversificación de sectores económicos adecuados para que la gente pueda conseguir trabajo; el Ejército egipcio sigue controlando (y expandiendo) una gran parte de las estructuras y el poder económico aún con el sector turístico degradado por el terrorismo y la inestabilidad. 


La envergadura de Egipto y su influencia hacen mucho más alarmante su deriva. Los acontecimientos recientes amenazan con exacerbar un mundo musulmán en ascuas donde la espiral de Túnez (atentados terroristas y asesinato de políticos laicos opuestos al Gobierno islamista), la agravada inestabilidad de Libia (con dos gobiernos y distintas milicias luchando por el poder) o Yemen (sin recursos, con dos presidentes y afrontando un conflicto civil y una invasión saudí), por no hablar de la carnicería diaria en Siria (de cuya guerra estamos preparando otro post) recordando a los más confiados que la revolución en los países árabes no arraigará de la noche a la mañana. 

Los países de la zona están aprendiendo con su propio dolor que construir un sistema de libertades, por modesto que sea, es mucho más complejo que celebrar elecciones o convocar multitudes en las calles. Morsi fue elegido democráticamente, pero su Gobierno doctrinario hizo un sarcasmo del término. Los generales que, en la onda popular, depusieron a Mubarak, después a su sucesor islamista y vuelven a reprimir los movimientos sociales, no tienen mayor credibilidad. Muchos analistas coinciden en que en el Egipto de hoy simplemente no hay oposición, los Hermanos Musulmanes volvieron a ser ilegalizados y las otras voces disidentes son constantemente reprimidas en nombre de la necesidad de estabilidad. De hecho, un reciente estudio del Fondo Carnegie para la Paz Internacional encontró que, a pesar de la represión y la censura, Abdelfatah al Sisi ha enfrentado en promedio cinco veces más protestas que Mubarak entre 2008 y 2010. Además, debemos destacar que Egipto tiene una población muy joven que no quiere que su vida sea como la de sus padres. Quieren más libertad, mejores oportunidades económicas y un gobierno que responda a sus intereses y todavía no se han dado por vencidos.

Pareciera que en realidad, las revoluciones políticas no logran cambiar el curso natural de las cosas, pues sólo alteran la superficie de las estructuras de poder, conservando los elementos esenciales de las mismas y acoplándose a un orden ya preestablecido, en un movimiento cíclico donde siempre vas a llegar a donde comenzaste. ¡Es luchar vanamente contracorriente!


3.  El poder de la gente para cambiar el mundo

Sin embargo, el papel de las sociedades en la pervivencia de las revoluciones es determinante. La gente cambió su actitud hacia la política, tomó más conciencia de su propio poder y comenzó a cuestionar ideas que antes se daban por sentadas, sobre el poder absoluto, la libertad de expresión y el cuestionamiento del status quo. La verdadera revolución en Egipto y demás países árabes fue una revolución en la mente de cada una de las personas que formaron parte de la misma. 

La revolución pues no ha de producirse sólo en las grandes gestas, tomando la Bastilla, el Palacio de Invierno o la plaza Tahrir, la revolución primigenia, la que realmente transforme la realidad ha de comenzar dentro de cada uno, en esa labor de aprendizaje y toma de conciencia de las desigualdades e injusticias del mundo en el que vivimos, de muchas de las cuales formamos parte. Y siendo consciente de ellas, los verdaderos actos revolucionarios comenzarán por intentar cambiar nuestros hábitos de consumo, de vida y de pensamiento.

El veterano espacio de video-arte Metrópolis nos acerca a 'Please Revolution', un estupendo reportaje sobre lo conseguido y lo que queda por conseguir en la revolución egipcia y tras él publicamos el documental 'Cómo empezar una revolución' (How to start a revolution) dirigido en 2011 por el británico Ruaridh Arrow sobre las enseñanzas de Gene Sharp sobre sus 198 métodos para hacer una revolución, ensayados en distintos lugares del mundo Túnez, Serbia, Birmania etc. Muy recomendables ambos.

4. Please Revolution (Lluís Escartín, 2012)

Desde el estallido de la Primavera Arabe Egipcia el 25 de enero de 2011, Metrópolis emitió el documental Please Revolution, realizado por Lluis Escartin y producido por Maurilio de Miguel. Grabado en El Cairo un año después de los acontecimientos en circunstancias todavía complicadas, este documental es un compendio de reflexiones y vivencias personales, a la vez que retrato de una escena artística en ebullición.

Muchas dudas sigue sembrando la estabilidad institucional en Egipto tras la era Mubarak. A cinco años del Día de la Ira y la “Revolución Blanca”, en la Plaza Tahrir, El Cairo vive aún revueltas y reivindicaciones, frente al pulso político que los militares egipcios y la Constitución del país mantienen con los Muslim Brothers. No obstante, por las rendijas que trajo consigo el vacío de poder con la también denominada Revolución de los Jóvenes, se hizo ver y oír la mujer musulmana, armada de hi-tech artística. Video-creadoras, cineastas y pintoras, fotógrafas y performers, aprovecharon las disputas masculinas por el control de la democracia egipcia, para darse a conocer fuera de sus fronteras, con intervenciones artísticas de francotirador. Tanto es así que terminaron llamando la atención de galeristas, productores y marchantes, seducidos por la particular óptica con que semejantes mujeres de la Primavera Árabe muestran nuevas plásticas en la órbita del arte comprometido.

Hablamos de cómo la veinteañera Nouran Sherif apunta con sus herramientas audiovisuales hacia estéticas conceptuales. También del claroscuro que aplica a sus telas la pintora Shaya Kamel y del modo en que oscilan de la performance a la instalación, con los sonidos bélicos como materia prima, Nadah El Sharly y Hagar Abdelaziz Masoud. Nos referimos también al activismo cinematográfico que desarrollaNawara Mourad, a las flores con que las fotos de Nermine Hamman plantan cara a los tanques, frente a los que incluso llegó a bailar Tamer Fathy, otro de nuestros protagonistas. Asimismo toman la palabra en Metrópolis el dramaturgo egipcio Ahmed El Attar y el compositor Nassir Shama, aparte de cuanto tienen que decir la poetisa visual Amira Hanafi y la arquitecta Lara Baladí, que dejó su impronta bien clara en la Bienal de El Cairo hace un lustro. La escena artística en El Cairo cuenta, por otra parte, con la inteligencia religiosa de la comisaria artística Elham Khattab, que oculta su pensamiento moderno bajo el chador. Y es que, por si fuera poco, su apretón de manos con la Revolución promocionó a cara descubierta las inquietudes musicales de amas de casa anónimas, como Amal Um Abelallah, a quien enseñó a tintinear entre pucheros, sin intención de profesionalizar sus labores, la ONG donde trabaja la española Ruth.

“Please Revolution” busca “desvelar” la danza de los siete velos, con la que tradicionalmente se ató en corto la creatividad femenina de Medio Oriente. Pretende otorgarle visibilidad a sus artífices, desafiando la doble condición de mujer y creadora que les tocó en suerte, allí donde los criterios de autoridad siempre se dejaron crecer la barba.

         

5. Cómo empezar una revolución


RTVE.es / DOCUMENTOS TV 25.01.2012 “Como empezar una revolución”, una historia sobre el poder de la gente para cambiar el mundo y sobre un hombre que durante más de 50 años ha ayudado a los pueblos a derrocar a sus dictadores. Su nombre es Gene Sharp y aunque él sea un desconocido en muchos lugares del mundo, sus 198 métodos para hacer una revolución han encendido la mecha en varios rincones del planeta.


El poder de la resistencia no violenta

Desde muy joven, su formación le llevó a querer transformar el mundo en un lugar mejor y a dejarlo en mejores condiciones que cuando lo encontró. Tenía muy claro que la mejor manera de luchar contra los regímenes autoritarios era hacerlo a través de la resistencia no violenta. Su sencillo manual "De la dictadura a la democracia”, traducido a 30 idiomas, ha traspasado fronteras clandestinamente. Las últimas tecnologías lo han extendido como la pólvora y su idea de que existe una poderosa alternativa al conflicto violento ha prendido en revoluciones como la serbia, la ucraniana, la iraní o las más actuales de la “primavera árabe”.

Armas económicas, psicológicas y sociales contra la opresión

“Como empezar una revolución” ilustra con testimonios y archivo, algunas de las formas de rebelión como el boicot económico, la desobediencia civil o las protestas, aplicadas en diferentes contextos políticos. Los activistas de las revoluciones serbia, ucraniana o la egipcia nos cuentan cómo siguieron los métodos de Gene Sharp y derrocaron a sus tiranos. Combatieron con armas económicas, psicológicas y sociales, la lucha más poderosa contra la opresión, la injusticia y la violencia.

Protagonismo recuperado gracias a internet

Las teorías de este erudito americano de 83 años continúan transmitiéndose masivamente en la actualidad a través de internet. Desde Birmania a Túnez, los logros han sido incuestionables y gobiernos como el de Venezuela o Irán le han acusado de trabajar para la CIA, en favor de la política expansionista de Estados Unidos. Los actuales líderes de las revoluciones árabes, que en este momento se están llevando a cabo, cuentan cómo las teorías de Sharp calan en el pueblo y provocan, que la gente oprimida pueda alcanzar la libertad de forma autosuficiente.

                                           
6. Closing

El Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce cierra esta primera entrada sobre las revoluciones en nuestras soc¡edades y nuestros corazones.  

Revolución,s. En política, abrupto cambio en la forma de desgobierno. Específicamente, en historia norteamericana, reemplazo de un Ministerio por una Administración, que permitió que el bienestar y la felicidad del pueblo progresara media pulgada por lo menos. Las revoluciones vienen generalmente acompañadas de una considerable efusión de sangre, pero se estima que valen la pena, sobre todo para aquellos beneficiarios cuya sangre no corrió peligro de ser derramada. La revolución francesa es de indudable valor para el socialista de hoy: cuando tira los hilos que mueven su esqueleto, sus gestos infunden un terror indecible a los sangrientos tiranos sospechados de fomentar la ley y el orden.

domingo, 30 de octubre de 2016

Planeta Tierra (22) 'Human', el planeta humano según Yann Arthus-Bertrand


"Solo soy uno de los siete mil millones de hombres que viven en la Tierra. Vengo fotografiando el planeta y la diversidad humana desde hace 40 años, y me da la impresión de que la humanidad no avanza. Nunca hemos logrado vivir juntos en armonía. ¿Por qué? He buscado la respuesta en el hombre, no en estadísticas o estudios." Yann Arthus-Bertrand

Otra vez Yann Arthus-Bertrand vuelve a hacer gala de su espíritu canónico y enciclopédico y nos regala otra de sus obras definitivas sobre las civilizaciones humanas y su relación con la Naturaleza, parte todos de la biosfera del único planeta que nos cobija y nos seguirá cobijando, para bien o para mal, en el futuroEsta vez es una mirada antropológica directa y fascinada al fondo del ser humano. Una obra magna emocionante y voluminosa, un brutal ejercicio de empatía que conviene degustar en varios días y del que seguro se sale mejor personaUna obra (versión corta aquí debajo y después la recomendada director's cut) que no podía dejar de estar en nuestro blog, para deleite de quien quiera. 





¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Que amamos, que luchamos, que reímos, que lloramos? ¿Es nuestra curiosidad? ¿La búsqueda de descubrimientos? Dirigido por estas preguntas, el cineasta y artista Yann Arthus-Bertrand pasó tres años recogiendo historias de la vida real de 2000 hombres y mujeres de 60 países. Trabajando con un equipo dedicado de traductores, periodistas y cámaras, Yann captura temas muy personales y profundos que nos unen a todos: la lucha contra la pobreza, la guerra y la homofobia y el futuro de nuestro planeta, todo ello mezclado con momentos de amor y felicidad.


HUMAN es un díptico de relatos e imágenes de nuestro mundo que nos permite llegar a lo más profundo del ser humano. Mediante testimonios repletos de amor, felicidad, odio y violencia, HUMAN nos confronta al otro y nos remite a nuestra propia vida. Ya sean minúsculas historias cotidianas o relatos de vida increíbles, estos encuentros conmueven por su sinceridad extrema, destacan lo que somos, resaltando lo mejor y lo peor del ser humano. La Tierra, nuestra Tierra, se ve realzada con insólitas imágenes aéreas, acompañadas de una música con aires de ópera. Las imágenes transmiten la belleza de nuestro planeta y propician una ráfaga de oxígeno, un momento de introspección. HUMAN es una obra comprometida que nos permite captar la condición humana y reflexionar sobre el sentido mismo de nuestra existencia.


El autor

Yann Arthus-Bertrand nace en 1946. Siempre ha sido un apasionado del mundo animal y de los espacios naturales. Rápidamente empieza a utilizar la fotografía para ilustrar sus observaciones como complemento de la escritura. En 1992, durante la primera conferencia de Río, Yann pone en marcha un gran proyecto fotográfico sobre el estado del mundo y sus habitantes: La Tierra Vista Desde el Cielo. Este libro será un éxito internacional: más de 3 millones de ejemplares vendidos. Su exposición fotográfica al aire libre, presentada en unos cien países, fue vista por aproximadamente 20 millones de personas.

Fiel a su compromiso con la causa ambientalista, Yann crea la Fundación GoodPlanet. Desde 2005, dicha organización -reconocida de utilidad pública- viene fomentando la educación medioambiental y la lucha contra el cambio climático. Este mismo compromiso le permitirá distinguirse como “Embajador de buena voluntad” del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente en 2009, año en el que también realizará su primer largometraje: HOME, una película sobre el estado de nuestro planeta que fue vista por casi 600 millones de espectadores.

Compuesta de imágenes y de testimonios, la película del fotógrafo y cineasta Yann Arthus-Bertrand retrata la humanidad de hoy en día. Rodada en 60 paises durante más de 2 años, las 2.000 personas entrevistadas entregan testimonios auténticos y profundos, abarcando temas universales como la lucha contra la pobreza, la guerra, la homofobia pero también el amor, la familia y el futuro de nuestro planeta. Una combinación de testimonios y planos aéreos hacen de Human un documental único. Esta experiencia es una introspección sobre el ser humano como individuo y como ser perteneciente a una comunidad. A través de las guerras, las desigualdades y las discriminaciones, Human nos confronta con la realidad y la diversidad de la condición humana. Más allá del lado oscuro, los testimonios muestran también la empatía y la solidaridad de las que somos capaces.

El VOL.1 trata los temas: amor, mujeres, trabajo y pobreza.




El VOL.2 trata los temas: guerra, perdón, homosexualidad, familia y vida después de la muerte.



El VOL.3 trata los temas: felicidad, educación, discapacidad, inmigración, corrupción y significado de la vida.


jueves, 20 de octubre de 2016

Miedo (7) El miedo en tiempos de ETA

Hoy que se cumplen cinco años del anuncio del fin de los atentados por parte de la banda terrorista ETA conviene que no olvidemos lo que muchas personas tuvieron que sufrir durante demasiados años en Euskadi. El miedo, un miedo que se metía en los huesos de tantas personas amenazadas de muerte por su profesión, por lo que decían, por lo que pensaban, por el 'algo habrá hecho', miedo porque les vieran tener miedo. Una época terrible en la historia de nuestro país, una época que aún es una asignatura pendiente en el País Vasco. 

Viviendo con los etarras


Recuerdo de pequeño un miedo de otra época, el pánico nuclear, aunque siendo niño era como un juego. Te daban tebeos de Protección Civil con dibujos que explicaban qué era un hongo atómico y cómo debía ser un refugio, aunque por supuesto no conocía a nadie que tuviera uno. Viví en Caracas en los noventa y era considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo. También las he pasado putas alguna vez en la montaña, porque hacía alpinismo. Es donde conocí el sentido de la expresión cagarse de miedo. También estuve una vez en un curso de exorcistas. Pero si lo pienso bien donde más miedo he pasado yo ha sido en Bilbao, cuando vivía allí. Tenía miedo de que me mataran.


Cuando alguien te puede querer matar sin conocerte, sin haber hecho nada, es una sensación muy desconcertante. En mi caso, porque me dieron trabajo en un periódico, El Correo, que para estos chicos de ETA era parte del bando enemigo. No se preocupen, no voy a hablar del «conflicto», quería describir cómo te funciona la cabeza cuando tienes miedo. Cuando sales de casa cada mañana y automáticamente enciendes todas las alarmas. Miras a derecha e izquierda, te aseguras de que no haya nadie extraño. Te haces especialista en mirar con el rabillo del ojo, a esas sombras que se mueven a tus espaldas. Una amiga que hacía meditación, rollos budistas y cosas así, me contaba que con la práctica llegabas a desdoblarte, a verte a ti mismo desde fuera, y que el punto exacto era detrás de ti, a la altura de nuca. Pues bien, en el País Vasco muchos lo lograban a pelo, sin meditación, que para eso algunos eran de Bilbao. Te veías siempre desde atrás. Tu nuca te llegaba a obsesionar, sentías una sensación constante, porque es donde disparaban. Tu nuca era lo que veías mientras caminabas por la calle, como con una cámara que te siguiera, y es lo último que vería tu asesino, si un día llegaba, antes de pegarte un tiro.

Se te ocurrían más cosas raras, razonabas de forma muy particular. Por ejemplo, llovía y decías: «Ah, mejor, porque el asesino no se querrá mojar, es un incordio, esperará a otro día que haga bueno, hoy puedo estar más tranquilo». Empezabas a hacer memoria para recordar si había habido atentados en días de lluvia y lo valorabas como un factor de disminución de riesgo. Pero siempre recordaré la imagen del cadáver de José Luis López de Lacalle, cubierto con una sábana, con el paraguas abierto al lado. Fue el 7 de mayo de 2000, en Andoain. Era un columnista de El Mundo. Había pasado cinco años en la cárcel con Franco y luego aún tuvo que seguir aguantando fascistas en su pueblo.

Lo peor era coger el coche. Aunque peor era a veces tener que caminar por la calle y usar los transportes públicos, mezclarse entre la gente. Eras más vulnerable, porque entre la gente podía esconderse alguno de ellos, así que el coche era el mal menor. Cada mañana tenías que llevar a cabo un ritual incomodísimo: mirar debajo del coche. Porque no es tan sencillo, te tienes que despatarrar por el suelo o hacer un ejercicio de contorsión una vez sentado al volante. Yo tampoco entiendo de coches y la parte de abajo me parecía siempre un amasijo extraño de hierrajos. ¿Cómo narices iba yo a distinguir una bomba? No, no, te decían, si la hay la ves de inmediato, canta mucho. Yo miraba y remiraba y al final me decía: «Bueno, parece que hoy no hay nada».

Estabas seguro, pero en el momento de girar la llave cada mañana siempre te quedaba un hilo de duda, por la posibilidad de haber mirado mal, de que hubieran inventado un nuevo tipo de explosivo que se veía menos, lo que fuera. Nunca estabas seguro. En ese instante te pasaba por la cabeza, pero casi como de lejos, la idea de que quizá en el siguiente instante fueras a morir, y pensabas a toda velocidad una secuencia de reflexiones fugaces de lo más inconexo, irracional y a veces simplemente estúpido: ¿Qué me voy a perder?-¿Cómo ha sido mi vida?-No me he despedido de nadie-Me gustaría volver a ver a no sé quién- En el fondo da igual todo-Joder, hoy no me viene bien que tengo que ir al médico-Qué chorradas digo-Si da igual todo-No, cojo el autobús-Es que llego tarde-A la mierda. Clic. Al segundo siguiente oías el motor y ya se te olvidaba. Volvías a pensar en tus cosas. Pero sin ningún énfasis existencial especial, era la normalidad. Un delirio. Luego leías, por ejemplo en febrero de 2002, que un chico casi de tu edad y de Bilbao había recorrido diez kilómetros con una bomba lapa pegada en su coche, sin enterarse, hasta que estalló y le dejó sin una pierna. Era Eduardo Madina, militante socialista, que hacía prácticas en una empresa y era jugador de voleibol.

Arrancar el coche, además, tenía también su responsabilidad con los que te rodeaban. No quiero ni pensar lo que debía de ser para quien llevara los niños al colegio. Yo, tras asegurarme de que no había bomba, esperaba por si acaso a que no pasara nadie, no fuera que sí que hubiera y la jodiéramos y encima matara a una pobre señora que iba a por el pan. Bueno, yo no, la matarían esos hijos de puta, pero qué me costaba a mí estar atento, etcétera. Insisto, un delirio. Cogías costumbres que luego ya no te abandonan, como dónde sentarte en un restaurante y olisquear el correo y los paquetes, a ver si olían a almendras amargas. Decían que ese era el aroma del explosivo, aunque nunca he logrado saber cómo huelen las dichosas almendras, y encima amargas. Todavía lo hago por deformación y mi mujer me mira como si estuviera loco.

Pero lo más demencial era que el mero hecho de mirar debajo del coche era en sí otro factor de riesgo. Es decir, si alguien te veía mirar debajo del coche se quedaría con la mosca detrás de la oreja: «Uy, ¿por qué mira este debajo del coche?». De inmediato comprendería lo que pasaba y pensaría que yo era algo. Algo, es decir: policía, magistrado, político, profesor, periodista, electricista, lo que fuera pero, en resumen, amenazado. Formabas parte de una subespecie o grupo social perseguido. Si te iba bien el vecino podría pensar que pobrecillo y ahí se quedaba la cosa. Pero si era alguien de los otros, y de los malos, podías darte por jodido. Se quedaría con el toque, podía comentarlo, se acabaría sabiendo en el barrio, la voz quizá llegaría a oídos de alguno de estos cabrones y a lo mejor te echaban el ojo. Es decir, se daba la diabólica paradoja de que podías no estar amenazado y de que nadie supiera quién eras, pero el solo hecho de tomar precauciones podía llegar a convertirte en sospechoso. Como andabas con cuidado —y aquí aparece una de las frases míticas de la época—, pensaban: algo habrá hecho. Tenías miedo de que te vieran tener miedo.

Para mirar debajo del coche simulabas que se te caían las llaves, pero claro, que se te cayeran todos los puñeteros días era inverosímil. Por la noche, cuando volvía del periódico o de tomarme unas copas, solía buscar sitio para aparcar en calles poco frecuentadas, para que al día siguiente fuera más fácil mirar. Pero es que en mi barrio lo de aparcar era un drama y si tenías la suerte de encontrar un sitio no podías hacerle ascos. Más de una noche he estado ahí parado con el coche, en medio de la calle y cayéndome de sueño, pensando qué hacer: ¿aparco o no aparco? A tomar por culo, y aparcabas. Al día siguiente volvías a coger el coche, pasaba mucha gente por allí y te maldecías: «Joder, tenía que haber aparcado en otro sitio». Y vuelta a empezar.

Lo que más me fastidiaba, de todos modos, era que el trabajo, donde te pasabas horas, se había llegado a convertir en el lugar más confortable, porque era seguro, había controles, vigilantes, cámaras, te sentías a salvo. Como en casa. Lo malo era ir de uno a otro sitio, los desplazamientos, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Era como correr de refugio en refugio.

Cuento todo esto pero en realidad entonces hablaba poco de ello, lo tenías interiorizado, asumido, estas preocupaciones no se compartían mucho. Hablabas de vez en cuando con los colegas, pero lo evitabas para no aumentar las preocupaciones. Y no se confundan, yo era el último mono, con un riesgo muy marginal. Y en una ciudad grande, en un pueblo pequeño lo llevabas claro. Y tenía veintipico años, era más alocado, era soltero. Me comería el coco una millonésima parte de lo que lo hacía alguien con familia, con niños, con nietos, un policía, la mujer de un guardia civil, un magistrado, un militante del PP o del PSOE o alguien que hubiera aparecido en las listas. Aparecer en las listas. Era otra expresión de esos años: «Fulanito ha aparecido en las listas», te decían con gravedad, como si le hubieran diagnosticado un cáncer. Ocurría cuando desmantelaban un comando o detenían a un etarra con papeles encima con listas de objetivos. A veces eran simples enumeraciones de nombres, pero allí podías estar tú, sin saber por qué. A veces sacaban los funcionarios mecánicamente de los nombramientos del BOE. Que yo sepa yo no aparecí en ninguna lista, aunque me citaron en algún libro como responsable de la «criminalización de la juventud vasca» por un artículo que hice, siendo becario, sobre la kale borroka. Sí aparecieron en las listas compañeros míos. Sí mataron e intentaron matar a compañeros míos. Todos mis directores han ido siempre con escolta y con amenazas muy serias de atentado. Ser director de un periódico a mí ya me parece una locura. Con escolta, no quiero ni pensarlo.

Quien iba con escolta era una especie de apestado. Si te cruzabas con uno por la calle notabas cómo la gente se apartaba disimuladamente, no sea que le cayera a él un tiro. Acercarse a estas personas era como ponerse a tiro, físicamente, entrar en una zona de riesgo. Si comías con alguien amenazado, con la escolta apostada en la puerta del restaurante, no podías dejar de pensar, con un egoísmo instintivo, que si pasaba algo a ti te pillaría en medio. Luego te alejabas de ese campo magnético infernal con un alivio culpable, sintiéndote un cobarde, y dejabas ahí solo al ser humano que vivía dentro, siempre así, cada día. Profundamente solo, pero sin poder estar solo ni un minuto. Una pesadilla. No solo eso, es que encima se les miraba mal. Yo he visto cómo se dejaba de invitar a un familiar con escolta a un bautizo porque parte de los parientes, abertzales, no quería esa gente con pistola por allí, estropeando la fiesta. El propio escolta, de por sí anónimo, era otro ser despersonalizado en la imaginación colectiva. Y también morían, como en Vitoria, el 22 de febrero de 2000, con la bomba que mató a Fernando Buesa y su escolta, el ertzaina Jorge Díez.

Años después, en junio de 2008, pusieron una bomba en la rotativa de mi periódico. Esta fue la reacción de solidaridad del lehendakari, Juan José Ibarretxe, del PNV: «Los medios de comunicación no siempre aciertan a presentar sus respectivos relatos informativos. Pero sean cuales sean las valoraciones que todos tengamos sobre la veracidad con que se presentan las noticias, los que creemos en la democracia estaremos siempre radicalmente en contra de quienes utilizan la violencia». Con amigos como estos quién quiere enemigos. Pero este tipo de estupideces entonces salían gratis, y hablamos de 2008, antes de ayer. El PNV también ordenó a sus afiliados, por carta, ahí está escrito, que no compraran mi periódico, El Correo, ni insertaran publicidad, porque éramos el enemigo. Era septiembre de 1996, yo acababa de llegar a Bilbao y creía haber aterrizado en Corea del Norte. Son cosas que hoy parecen inconcebibles. Lo malo es que entonces ya lo eran, pero no recuerdo especiales muestras de solidaridad. Mucha gente sensata del PNV luego, obviamente, hacía lo que le daba la gana y te contaba su contrariedad, pero en privado. Entrabas en un despacho oficial y tenían el diario escondido en el cartapacio de la mesa. Pero luego había orden en todas las instituciones de colgarte el teléfono, incluidas las oficinas de prensa. Fueron, en la jerga de entonces de la redacción, los meses del boicot. Pero lo cierto es que subieron las ventas, se les pasó la tontería y aquí no ha pasado nada.

Fue justo en esa época, meses después, en julio de 1997, cuando llegó uno de los momentos de mayor angustia con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, de veintinueve años, concejal del PP en Ermua. Significaba que podían matar a cualquiera con un mínimo de valor simbólico. A eso quedabas reducido, a una especie de logotipo con piernas. Bastaba tener relación, por débil que fuera, con alguna de las manías de los etarras. Miguel Ángel Blanco, otro chico más o menos de mi edad, era un chaval que se había metido a concejal en un pueblo. Tocaba la batería en un grupo. Le secuestraron cuando bajaba del tren para ir a trabajar. Nosotros pensábamos lo mismo: si quieren matar a un periodista, para lanzar un mensaje —quedabas cosificado como papel de avisos—, a lo mejor no van contra uno de los jefes, que llevan escolta y son más difíciles. No, vendrán a por uno de nosotros. Esta era otra constatación esencial: iban a lo fácil. Si te vigilaban y veían que lo tuyo presentaba alguna dificultad, porque a lo mejor tomabas precauciones, pasaban a otro. Cuántas veces he imaginado yo a mis hipotéticos perseguidores para intentar meterme en su cabeza y prevenir tácticamente sus movimientos. Otro delirio: ¿si yo me quisiera matar a mí mismo, cómo lo haría? Pensabas dónde podía ser más fácil, a qué hora del día, de qué manera. Era un juego diabólico. A veces incluso pasabas el rato, sin darte cuenta, planeando tu propio atentado.

Era una atmósfera de terror sutil y cotidiano muy difícil de explicar, que a mí me parece un material dramático de primer orden y, sin embargo, he visto utilizar poquísimo en España en películas o libros. Habrá algunos casos que no conozco y hay excepciones, como los magníficos cuentos de Fernando Aramburu, pero creo que aún no se ha contado bien. Y se debe contar bien, porque si no es como si no hubiera pasado. El humor ha estado bien, los ocho apellidos vascos y demás, para aliviar la tensión acumulada, pero hay que ir más allá, porque no solo era ridículo, por encima de todo era trágico. Aún hoy, cuando voy al País Vasco, me asombra cómo se la cogen algunos con papel de fumar para hablar de los años del terror, el uso políticamente correcto de una semántica rebuscadísima para no ofender a unos pero tampoco a otros, las presuntas dificultades retóricas para contar lo que ha ocurrido, cuando todo está bastante claro.

El País Vasco era un régimen perfectamente mafioso, y sé de lo que hablo porque vivo en Italia y sé un poco de la Mafia. Todo el mundo tendía al anonimato, a la neutralidad, a no destacar, a que se supiera lo menos posible de ti, de lo que pensabas. Para señalarse, bastaba eso, decir lo que pensabas. Así que la gente procuraba no pensar demasiado. Suicidarse era fácil: bastaba hablar en voz alta contra ETA, en el bar y no digamos ya en la tele. Pero casi todos hablaban en voz baja, o no hablaban. Por eso había poquísimos famosos vascos que hablaran del tema. En eso no tenían opinión. Reinaba un gran silencio. Hoy puede chocar, y no estoy tan seguro, y espero que algún día lo haga, pero se miraba para otro lado mientras mataban gente en la calle todos los días. Qué sé yo, los jugadores del Athletic de Bilbao o de la Real Sociedad, ídolos de los niños, con su prestigio social para las obras benéficas y la defensa de los valores, condenaban la violencia en el fútbol, pero lo otro no, era política. Les comprendo, si uno hubiera abierto la boca le habrían hecho la vida imposible. Era mejor no meterse en líos. O pagar en silencio el impuesto revolucionario, para que no te quemaran el negocio.

El año pasado en Bilbao, en la presentación de mi libro sobre la Mafia, me preguntaron exactamente eso: que si no he pasado miedo con eso de hablar de la Mafia. Contesté esto que he dicho ahora, que en realidad yo había pasado más miedo cuando vivía en Bilbao. Se produjo ese silencio de «uyuyuy lo que ha dicho». Todavía hoy, era 2014. Y al salir una señora, una conocida, va y me dice con retintín que no sabía que yo había pasado tanto miedo cuando vivía en Bilbao. No te jode, pensé, es que algunos no os enterabais de nada. O no se querían enterar. Quien tenía una profesión segura, militaba en un partido seguro, tenía opiniones seguras, vivía muy ajeno a estas paranoias. Son ya célebres las palabras de Ibarretxe ante la cama de un hombre que se había salvado de milagro de un tiro a bocajarro en la cara: «Hombre, que en el País Vasco se vive muy bien». Se lo decía, para quitarle hierro al asunto, al hijo del herido, que vivía fuera y se quejaba de la situación. Era septiembre de 2000. El hombre que yacía a dos metros con el rostro destrozado era José Ramón Recalde, profesor universitario, que con Franco pasó un año en la cárcel y fue torturado. Luego, en democracia, también le tocó seguir soportando fachas.

Realmente a muchos en el País Vasco, viviendo tan bien, ni se les pasaba por la cabeza que les pudiera tocar a ellos, porque tenían una especie de inmunidad. Solo se arriesgaban con la lotería de que te pillara un bombazo pasando por allí, pero paciencia, las probabilidades eran bajas, y de todos modos sería una trágica fatalidad. Habría sido sin querer. De ahí el desconcierto de algunos cuando en agosto de 2000 ETA asesinó a Jose María Korta, presidente de la patronal guipuzcoana y de ideología abertzale. «ETA ha matado a uno de los nuestros», dijo entre lágrimas de rabia el diputado general de Guipúzcoa, Román Sudupe, del PNV. Pasaba el tiempo y cada vez la línea roja de seguridad era más pequeña. Quedaba más gente fuera que dentro. En enero de 2001 mataron, por ejemplo, a un cocinero, Ramón Díaz. Cocinaba en la comandancia de Marina de San Sebastián.

Que te odiara gente que ni te conocía a mí se me hacía rarísimo. No tenía ningún sentido. A mí lo abstracto es que me da dolores de cabeza: te veían desprovisto de humanidad, como un símbolo o una categoría a eliminar. En ese sentido era una especie de genocidio, pero muy curioso, porque era contra su propia raza y su propio pueblo. Los documentos y comunicados de ETA son una cosa de tratado de psiquiatría. Doctrinas majaras como la de «socializar el sufrimiento». Por lo visto, idealmente, cuando mataran a todos, como Pol Pot, con los cuatro que quedaran aquello iba a ser el puto paraíso en la tierra. Si en Euskadi ya vivíamos bien no quiero ni imaginar lo que iba a ser para entonces, un musical de Broadway con boinas y camisas de cuadros de leñador.

¿Por qué? No había una respuesta comprensible. Y con las que te daban ellos te meabas de risa. La represión. Uf, vivían reprimidísimos ellos. Los que les jaleaban podían pasear felices por la calle, estaban tranquilos. En cuanto a los que no se querían enterar, también ellos te desprendían de tu humanidad por no ponerse en el lugar de su vecino. No era su problema. Por eso sigo pensando que la sociedad vasca, con toda su salud económica y su bienestar, es una sociedad muy enferma. Lo primero es reconocerlo, como en alcohólicos anónimos. Muchos no veían la carne que sufre, solo construcciones mentales.

A veces recuerdo esos adolescentes que en vez de pensar en sexo, como cualquiera de su edad, andaban maquinando conspiraciones y como momento culminante de su vida tienen una noche en que quemaron un autobús con cócteles molotov durante las fiestas patronales de su pueblo. Qué emoción, se sentían como Robin Hood y juraría que hasta veían por ahí al sheriff de Nottingham. Y luego, hala, a chuparse cinco, seis años de cárcel, el corazón de su juventud. Y toda esa gente pudriéndose entre rejas por una especie de alucinación colectiva. No sé qué pensarán ahora de su vida y de cómo la cagaron. Desde luego no lo dicen.

Sobre el desinterés, debo decir que yo, en principio, me sentía muy ajeno a toda esta movida. Mi familia es vasca, pero llegué a Bilbao de fuera y ser de un sitio o de otro, presumir del cocido de tu pueblo, el patriotismo y las banderas, me traen absolutamente sin cuidado. Así que figúrense una bandera que se inventó un señor a finales del siglo XIX con un dibujo de cruces en un folio. Tampoco quise hacer la mili ni la prestación social sustitutoria. Me fastidia que me obliguen a hacer cosas, por principio. Bueno, me emociono en Casablanca en la escena de «La Marsellesa» ante los nazis. Pero es que ante un nazi, como con ETA, uno sí toma partido, como Rick. Si te obligan, por llevar la contraria, te pones del lado del perseguido. Y por favor, repito, que no me vengan con la represión. Sí, sí, no se preocupen, añado a todo correr que me parecen muy mal las torturas, por supuesto el GAL y, faltaría más, el franquismo. Pues claro, como a cualquier persona normal.

Hay problemas reales y problemas imaginarios. Bastante tenemos con los reales como para marearnos con los imaginarios. Si encima te marea otro con los suyos, peor. A mí me da igual la independencia de Euskadi, tengo otras cosas en qué pensar, pero si a alguien le entusiasma, por mí estupendo, como si se la machaca. Estos no solo se la machacaban, todo el día con su paranoia, sino que encima te volvían loco a ti y si te iba mal hasta te pegaban un tiro. Etarras, majos, no solo es que fuerais unos paletos y niñatos asesinos, es que fuisteis un auténtico coñazo. Ese sí, soberano.